Dignidad de las instituciones e indignidad de sus representantes.

El Estado existe como una institución imprescindible y necesaria para la organización de la vida civil y social, la preservación del orden, el ejercicio de la justicia, la protección de los ciudadanos en caso de una agresión externa y el mantenimiento y estímulo de la concordia social. Es el Estado, por tanto, una institución magnánima por las características y funciones que lo definen como tal. Con lo cual, el Estado para serlo de verdad, no puede ser injusto, ni déspota, ni ladrón, ni cobarde.

Pero conviene tener en cuenta que el Estado es un ente impersonal que no tiene vida propia por sí mismo, sino que se la infunden sus representantes, cuyos cargos deben ser desempeñados con la aptitud, las competencias y la magnanimidad requerida por la naturaleza y definición de la misma institución. Jamás se le ocurriría al director de una institución educativa seleccionar a una persona que no reuniese los requisitos que acrediten la aptitud y las competencias requeridas para el desempeño de su labor pedagógica. Cosa parecida podría decirse de cualquier trabajo u ocupación; el trabajo, la institución, el cargo requiere de unas características que debe poseer toda persona aspirante a cualquiera de ellos. En definitiva, es una verdad de Perogrullo, que la naturaleza de una determinada institución, cargo o responsabilidad determina la aptitud, competencias y capacidades que debe poseer el aspirante a dicho posición. Siendo esto así, concluimos que con muchísimo más razón se debe aplicar este requisito a los servidores del  Estado, desde el rey, el presidente del gobierno y todos los demás cargos de responsabilidad.

Cuando este principio básico y fundamental no se aplica con todo el rigor que esto requiere, las consecuencias son desastrosas y pavorosas para los súbditos de cualquier Estado. En principio se supone que desde el rey en las monarquías y el presidente en las repúblicas, por el mismo carácter que se desprende y emana de la institución que representan, deberían ser movidos e inspirados para el desempeño de sus cargos, por ninguna otra razón más que la de el estricto desempeño y cumplimiento de las funciones que le son connaturales a dicha institución. Es por eso que se les llama servidores del Estado, y es ésta también, la única razón por la que se les puede definir como estadistas o personas de estado.

Tomando estas consideraciones en cuenta, de ninguna manera, y bajo ninguna circunstancia, se le podría ocurrir a ningún genuino y verdadero servidor del Estado, ver el desempeño de su cargo como una oportunidad para poder medrar y buscar su propio beneficio personal. Lo cual también implica que, aunque el desempeño fiel, diligente y leal de dichos cargos conllevan ciertas prerrogativas a posteriori, éstas deben ser disfrutadas por las personas agraciadas con ellas, con humildad y gratitud.

Con lo cual podemos decir que si la Institución como tal no puede ser despojada de esa áurea de magnanimidad, dignidad, equidad, rectitud e imparcialidad que le es intrínseca e inamovible, no sucede lo mismo con sus representantes. Basta sólo con echar un ligero repaso a algunos de ellos en diferentes momentos de la historia, para llegar a la conclusión de que en muchos de los casos los tales representantes, han sido completamente indignos de sus cargos, y han llegado a mancillar y flagrantemente envilecer la reputación de tan inmaculada Institución.

Cosa que ha llegado a ser posible, simplemente porque esos supuestos representantes, en un momento determinado, o han entrado en un vil proceso de degradación ética y moral hasta descender a los más profundos abismos de la corrupción y de la infamia; o viniendo ya ellos mismos de esos más sórdidos y bajos fondos de la degradación moral, han sido aupados a las más altas instancias del Estado, por una no menos ciega, apática y desorientada sociedad. Dice Platón en su Carta VII: “no hay ciudad que pueda llegar a permanecer en paz bajo sus leyes, por buenas que estas sean, si los ciudadanos se creen en el deber de entregarse a locos derroches, y por consiguiente a la completa ociosidad, salvo para banquetes y bebetas… Necesariamente tales Estados jamás dejaron de ir violentamente de tiranía en oligarquía y en democracia, y las gentes que poseen el poder no soportarán ni siquiera el escuchar el nombre de un gobierno de justicia y de igualdad…”

Efectivamente el envilecimiento y la degradación moral de una sociedad, produce sus mismos representantes, que aupados por el hediondo fervor de la corrupción, son puestos, en plena democracia, al frente de las más altas instancias del Estado, porque de ellos esperan, la gran mayoría de sus entronizadores, recibir también tajada y galardón. Pero cuando esta operación se lleva a cabo, con personas no sólo viles e indignas, sino henchidas de la más acérrima inanidad espiritual e intelectual; y obnubiladas por el fanatismo ideológico, entonces no le queda más a dicha sociedad que el sometimiento a la más terrible de las dictaduras. Inevitable y triste momento es este, pues se puede afirmar con cierta rotundidad que los más terribles y desalmados dictadores que en el mundo han sido; sean del color o la bandera política que sean, de derechas o de izquierdas, del centro o del más extremo de los ismos, déspotas o demócratas, añejos o recién llegados, todos han sido siempre, mentes de pocas luces que han añadido a tan infame bagaje moral e intelectual la soberbia, la insolencia y el descaro.

Con lo cual, una sola cosa nos queda medianamente clara, y es que no podrán sacarnos de este estado de postración, ninguna reforma social o política, ni ningún sincero y descomunal esfuerzo del intelecto, como bien no lo muestra la historia de Occidente. Sólo podremos salir de tan profundo abismo, tras una reforma moral, por medio de un despertar del espíritu que ayude de nuevo al hombre a saberse, no cosa, ni individuo, ni ciudadano sólo, sino persona. Ese maravilloso ser tocado de la chispa cósmica trascendental, que le ha sido inmisericordemente robada por la modernidad. Sí, tiene que volver el hombre en estos tiempos aciagos, el inane y vacuo hombre de Occidente, a recobrar su intimidad personal; volver a recuperar el hálito sagrado, para poder hacerse así, de nuevo, moral y éticamente responsable de sus actos y decisiones.

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