El abrazo de la infamia

Observando en los noticieros el efusivo abrazo de Pedro y Pablo, los dos politicastros que por fin han podido apoderarse del Estado; y digo apoderarse porque los verdaderos hombres de Estado, de los cuales ha habido pocos a través de la historia, no se apoderan sino que se saben servidores de la más noble y alta de las instituciones democráticas. Observando, digo, lo que a mi parecer no era nada más que el abrazo de la infamia; llego a una terrible conclusión, y es que al haber logrado este tándem su primer objetivo, el siguiente, que es el que nace en las mentes obnubiladas y los corazones tenebrosos, vendrá como consecuencia natural de lo primero, y no es otro que el de la disolución y definitiva destrucción de la Magna Institución. Efectivamente, ha llegado por fin el aciago momento, hemos descendido el último peldaño, le ha llegado a nuestra democracia el final del ciclo descrito por Polibio ya en la Antigüedad, y denominado por él como de anaciclosis.

Al hombre sediento de justicia pero de corazón inane, huérfano de trascendental anhelo y de toda noble inclinación a la virtud; no le queda más destino que el de verse abocado al degradante proceso de intentar por su propios viles y abyectos medios, establecer justicia. Justicia ruin y mezquinamente humana que por ignorar el sabio dictamen del profeta judío Jeremías: “engañoso es el corazón, más que todas las cosas, y perverso, ¿quién lo conocerá?”; termina enredado, enmarañado, inexorablemente abocado al tenebroso ciclo vital de la corrupción gubernamental, lúcidamente atisbado y perfectamente descrito por Polibio. La monarquía que degenera en tiranía, de la cual se llega a la aristocracia, que una vez corrupta se trasmuta en oligarquía, para terminar por fin en la democracia. Forma ésta de gobierno, que por mucho que los ilustrados del siglo XVIII y los adalides de la Revolución Francesa, hayan entronizado como el perfecto modelo de gobierno y la panacea para frenar la corrupción del Estado, como bien lo comprobaron los griegos de la antigüedad, cuyo feliz periodo democrático no duraría más de tres o cuatro generaciones, termina por fin en el peor de todos los gobiernos, el de la oclocracia, con el que se completa el ciclo descrito por Polibio. La peor de todas las formas posibles porque aunque la corrupción de todos los demás gobiernos se deba, entre otras cosas, a la soberbia,  la avaricia y la propia ignorancia del corazón humano; la oclocracia, que no es otra cosa que el poder tomado por la plebe, conquistado por el populacho corrupto y tumultuoso, añade a su inanición moral y espiritual, la ignorancia y la estupidez. Atrevida ignorancia de sí mismos y de todas las demás cosas, que les lleva a actuar baja la más infame e impune de las irracionalidades. Con lo cual, sin saberlo ni quererlo, terminan destruyendo los fundamentos de aquello que podía sostenerlos a ellos mismos, y ejecutan la definitiva disolución de todas las instituciones del Estado.

Como bien lo habían entendido Platón, Polibio, Confucio, y los grandes pensadores y teóricos del Estado, éste sólo pude perdurar cuando se halla sostenido sobre los más sólidos y esclarecedores fundamentos de la virtud. Quizá también sea por eso mismo que el apóstol Pablo nos alerte y nos prevenga, en su inigualable descripción de los hombres de los últimos tiempos, de la siguiente manera: 2 Timoteo 3:1 También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. 2 Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, 3 sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, 4 traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, 5 que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita.

  1. Patricia

    El problema es la falta de cultura, la ignorancia del pueblo que, mientras está atontado entreteniéndose con el circo y el pan, no se entera de lo que ocurre a su alrededor. Por eso quieren acabar con las Humanidades, lo único que nos enseña a pesar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *